Las contradicciones de Alberto Fernández y el “valor de la palabra”: adelanto de “La casta”, el nuevo libro de Luis Gasulla

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libro Gasulla
Libro "La casta" de Luis Gasulla

El peronismo se erigió en una casta de gobernantes y gremialistas millonarios, auténticos señores feudales que se eternizan en el poder. La versión K logró perfeccionar los métodos y conforma hoy la nueva oligarquía. Crea las leyes, pero no se considera obligada a respetarlas. Jura luchar contra un fantasmagórico poder hegemónico mientras acumula más poder que ningún otro gobierno democrático reciente, destruyendo las instituciones y minando los contrapoderes. Escudada en discursos progresistas, no hace más que enriquecerse y jugar con lo que es de todos como si le perteneciera.

Utiliza la Secretaría de Derechos Humanos, el Instituto contra la Discriminación y el Ministerio de la Mujer en forma selectiva, para ofenderse con los opositores y defender a los suyos. Asegura estar reconstruyendo la patria mientras todo se cae a pedazos, el PBI se derrumba y los que pueden emigran. Organiza fiestas en momentos en que nos encierra y nos funde. En La casta, Luis Gasulla describe los mecanismos que utiliza el peronismo kirchnerista para perpetuarse en el poder y lograr impunidad. Una investigación basada en hechos comprobables que deja al descubierto el cinismo y la impostura de los que han vuelto a gobernarnos.

Las zigzagueantes convicciones de la casta

Grábelo, porque yo no miento: no voy a cambiar la Justicia.

Alberto Fernández, entrevista radial en campaña, 19 de julio de 2019

¿Tiene realmente la casta convicciones, principios o ideología? ¿O solo va boyando y cacareando según la conveniencia para mantener sus privilegios? ¿Hay algo que no esté dispuesta a hacer o a decir? ¿Tiene algún escrúpulo moral o ideológico que le impida ir en alguna dirección o considera que todo está permitido porque las mayorías y la patria le pertenecen? ¿Cree representar el bien mientras se enriquece y empobrece a casi todos los demás o solo descubrió que recitando esos versitos la impunidad se vuelve exponencial? ¿Es hipócrita o es cínica, o ambas cosas a la vez? ¿Ve la inmensa contradicción entre sus palabras y sus acciones o vive en un universo donde todo eso no existe y solo importa el poder? ¿Es su objetivo el poder por el poder mismo o hay algo firme y consistente en el rumbo caótico y decadente que le impone a nuestra sociedad

Veamos un ejemplo proverbial de convicciones cambiantes en nuestro actual presidente, Alberto Fernández.

No hay antecedentes en la historia política argentina de un dirigente que haya girado sus opiniones 180º en tan poco tiempo. Alberto Fernández pasó de ser un funcionario de tercera categoría del menemismo a convertirse en progresista con los Kirchner, y de denunciar mediáticamente la corrupción y los desaciertos “populistas” de la economía argentina durante los mandatos de Cristina Kirchner a ser elegido candidato a presidente por la Jefa.

Repasemos algunas de las contradicciones más desopilantes de Fernández…

Pasó de criticar la reforma judicial a abrazarse a ella. De denunciar a Amado Boudou a defenderlo. De hablar de negocios turbios en la obra pública con Lázaro Báez a endiosar la teoría del lawfare y los perseguidos políticos. De sepultar a Cristina a pronosticar un futuro con Máximo presidente. Y de asegurar que el fiscal Alberto Nisman había sido asesinado por su denuncia del pacto con Irán a convencerse de que se había pegado un tiro en la cabeza…

Alberto Fernández y Cristina Kirchner
Alberto Fernández y Cristina Kirchner (Maria Eugenia Cerruti/Argentine/)

Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros

En 2014, los estudiantes de abogacía de la Facultad de Derecho celebraban las irónicas frases de su profe Alberto, que enseñaba por qué la llamada “democratización” de la Justicia escondía el proyecto hegemónico de la presidenta Cristina Kirchner para destruir la división de poderes y adueñarse del país. Un año antes, el 1° de marzo de 2013, publicaba en Twitter: “La presidenta, antes de crear la Casación para la Justicia Ordinaria, debería pasar esa justicia a la Ciudad como manda la Constitución”. Es que Alberto Fernández, como porteño de ley, defendía la autonomía de la ciudad gobernada, en aquel entonces, por Mauricio Macri. Años después, sería el mandatario en quitarle más recursos a ese distrito en su corta historia. Pero el 8 de abril de 2013 pedía defender la independencia judicial, pues, “si no lo hacemos, lo lamentaremos mañana”. Vaya que tenía razón…

Alberto, que decía entender de derecho, mandaba a estudiar a su futura jefa. “Si Cristina no entiende por qué la Corte es un ‘contrapoder’, deberíamos averiguar quién la aprobó en Derecho Constitucional. ¡Basta de sofismas!”, se enojaba en sus redes sociales ante el aluvión de insultos de los que hoy lo proclaman “Capitán Beto”. Finalmente, la Corte Suprema de Justicia de Ricardo Lorenzetti enterró la reforma judicial de Cristina Kirchner durante su último período presidencial. Sin embargo, cuando la Corte mantuvo su postura de defender la autonomía de la caba en la discusión sobre la presencialidad en los colegios primarios y secundarios durante la pandemia, la respuesta de Alberto no fue tan entusiasta, y sus funcionarios, incluido su jefe de Gabinete Santiago Cafiero, acusaron a esa Corte con mayoría peronista de golpista y destituyente.

Luego, Alberto, que es un hombre que no les teme a las contradicciones, también quiso cambiar la Justicia. Y en eso está, mientras se imprime este libro. Atrás había quedado su enojo ante el recordado periodista de Cadena 3, Mario Pereyra, a quien acusó de parcial por mencionarle sus cambios de opinión sobre la Justicia, la oposición, Cristina y la vida misma. En medio de la campaña en tierras cordobesas, el futuro presidente exigió que lo grabaran y dijo: “Yo no voy a cambiar la Justicia”. Hombre de férreas convicciones o de promesa fácil, diez días después presentó su proyecto para… cambiar la Justicia.

Que sí, que no

Es necesario que Cristina explique, y que explique claramente, no que se enoje. Que explique, no que mande a un matón como Dalbón.

Alberto Fernández en el llano, febrero de 2015

Si hubiera justicia en la Argentina, la mayoría de las causas contra Cristina estarían cerradas.

Presidente Alberto Fernández en televisión, 22 de enero de 2020

Llega un punto en que las contradicciones dejan de serlo. Es cuando comprendemos que el que parece contradecirse en realidad no cree en nada de lo que dice. Solo usa las palabras y los conceptos como herramientas para lograr sus metas. Al cambiar sus metas o al cambiar el contexto, cambia su discurso. Pero no hay contradicción, porque nada de todo lo dicho significó nunca nada. En el fondo, solo una cosa importa: el poder. El poder como sea. Si es que hablando de Alberto Fernández se puede hablar realmente de poder.

Hubo un tiempo en que Fernández denunciaba la corrupción de esos mismos gobiernos kirchneristas de los que había formado parte durante más de cinco años como jefe de Gabinete. “Creo que Cristina va a dejar su gobierno con dos máculas indudables que es el deber de [haber] hecho dictar dos leyes para protegerse penalmente de dos delitos cometidos”, le dijo a Nelson Castro en febrero de 2015, poco después del asesinato de Nisman.

“Primero, el encubrimiento a Amado Boudou, estatizando Ciccone, y segundo el encubrimiento al haber hecho aprobar por ley el tratado con Irán”, concluía. Ese día, Alberto Fernández estaba enfurecido con el juez federal Daniel Rafecas, que había desestimado la denuncia presentada por el fallecido Nisman en enero de ese año sobre el presunto encubrimiento en la causa por el atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (amia) que provocó 85 muertos en 1994. Fernández concluía que “el acto de encubrimiento es la firma del acuerdo”.

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Amado Boudou, ex vicepresidente (Franco Fafasuli) (Franco Fafasuli/)

A mediados de 2016, tras la difusión de las imágenes de la financiera La Rosadita en las que aparecía Martín Báez, hijo del empresario santacruceño, descorchando champagne rodeado de fajos de dólares junto al contador Daniel Pérez Gadín, Fernández volvió a indignarse: “Es necesario que Cristina explique, y que explique claramente, no que se enoje. Que explique, no que mande a un matón como Dalbón”.

Cuatro años después, ese mismo abogado “carancho” de la tragedia de Once defendía los intereses del presidente Fernández en sus disputas judiciales con la opositora Patricia Bullrich. El carancho es un ave de rapiña que se alimenta de animales muertos. Dalbón pasó de defender a familiares de la tragedia ferroviaria de Once a abandonarlos para defender a Julio de Vido, uno de los procesados por el desfalco en el transporte público, que desembocó en la muerte de esos 52 inocentes.

Cuando apareció el ex secretario de Obras Públicas del citado De Vido revoleando bolsos con 9 millones de dólares en un convento de General Rodríguez, Alberto Fernández también se indignó: “Un gobierno que renegaba de la política fashion ¿cómo puso a Boudou de vicepresidente? ¿Cómo hizo eso? Un gobierno que decía que era necesario poner fin a la corrupción menemista ¿cómo explica a José López con 9 millones de dólares en el baúl del auto?”. Lo dijo un 26 de noviembre de 2016 en Intratables, con Diego Brancatelli mirándolo mal.

Ese año insistió en la vinculación de la corrupción con su ex jefa Cristina Kirchner: “Uno ve semejante cosa… Yo no puedo decir que los Kirchner no tienen que ver con los Báez si van al mausoleo de Néstor juntos. ¿Cómo no van a tener que ver?”. Lo dijo delante de mí en Canal 26 en el programa de Maximiliano Montenegro, al que estábamos invitados para hablar de la matriz de la corrupción en la obra pública kirchnerista. Al año siguiente, lo entrevisté para mi libro El negocio político de la obra pública, y jamás mencionó los términos lawfare, causas armadas, presos políticos o mentiras del grupo Clarín…

Ya con Dalbón como abogado mediático, imitando las preferencias de su vice, Alberto dijo que quería terminar con lo que se estaba viviendo en la Argentina. Corría noviembre de 2020, la pandemia azotaba el país, pero el presidente hablaba en televisión de un tema que le parecía mucho más trascendente: las causas judiciales de Cristina. “No tengo ningún interés de hacerle denuncias a nadie, de perseguir a ningún ex presidente ni ningún ex ministro. ¿No nos damos cuenta de lo que ha pasado? ¿Nos damos cuenta de cómo se construyó un sistema para involucrar a Cristina en estas causas?”. Y luego concluyó, ante los no tan neutrales Ernesto Tenembaum y María O’Donell: “Si hubiera justicia en la Argentina, la mayoría de las causas contra Cristina estarían cerradas. No podemos dejar que esto siga. Por el bien de todos”.

Su amiga y socia Marcela Losardo aún era su ministra de Justicia. “El día que se vaya Losardo se termina el gobierno de Alberto”, me confesó uno de los laderos presidenciales ese noviembre. En marzo de 2021, la amiga de Alberto miró atónica la charla que su socio tenía en televisión con Gustavo Sylvestre. Esa noche se enteró de que se quedaba afuera del gobierno. No le había servido de nada denunciar en Twitter que Cristina era una perseguida política y que seguía existiendo en la Argentina el lawfare. Los que la conocen saben que no lo creía. Cristina tampoco se lo creyó y le ordenó a Alberto echarla del Ministerio de Justicia para colocar al verborrágico Martín Soria.

Con Soria en el ministerio, aumentaron las denuncias mediáticas, las campañas sucias, los discursos acalorados y los aprietes a fiscales y jueces. Sin embargo, aún Cristina no consiguió que sus causas judiciales sean enterradas. Ante esto, el 5 de marzo de 2021, Fernández fue aún más allá: “Es incomprensible que sigan abiertas”.

Finalmente, y contradiciéndose una vez más, Fernández impulsó denuncias de todo tipo contra los ex funcionarios de Cambiemos y contra su antecesor, Mauricio Macri. De Vicentin al préstamo del Fondo Monetario Internacional (fmi) —catalogado como una defraudación y asociación ilícita— pasando por la causa conocida como “Espionaje M” o la llamada “Mesa Judicial” macrista cuyos denunciantes son Cristóbal López y Fabián de Sousa.

Antes de asumir la presidencia, Alberto Fernández representaba a Cristóbal López en causas judiciales contra la afip macrista. Como Dalbón, también había aprendido a acomodarse al mejor postor.

El valor de la palabra

Quiero recuperar el valor de la palabra.

Alberto Fernández en el Congreso, 1° de marzo de 2020

Hay un Fernández para cada ocasión, porque Fernández dice siempre lo que su interlocutor quiere escuchar. Néstor y Cristina reinventaron su pasado, pero Alberto hizo de la mentira una política de Estado. Según el pensador Santiago Kovadloff, Fernández devaluó la palabra más que al peso. En una misma semana, puede afirmar algo para luego negarlo. Fue lo que hizo con la economía argentina cuando dijo que no creía en los planes económicos, sino “en los objetivos que nos podemos fijar y trabajar para conseguirlos”. Sus declaraciones del 19 de julio de 2020 dejaron preocupados a los inversores internacionales, provocando la suba del riesgo país. Por eso salió a tranquilizarlos en un acto en Olivos, seis días después, para recordarles que “hay quienes reniegan de que no tenemos planes y los planes los tenemos desde el primer día”.

Es que hay un Alberto para cada momento, como un muñequito. ¿Y quién sería tan necio como para pedirle convicciones a una marioneta?

Una de sus promesas de campaña fue cerrar la grieta de los argentinos. ¿Cómo hacerlo con Cristina como vicepresidenta con poder de veto? Más allá del sinsentido, millones de argentinos creyeron que los Fernández venían “moderados” y “buenos”. Es posible que haya contribuido el indiscutible aporte comunicacional de gran parte del periodismo argentino que naturalizó esa premisa basada en el… humo. Fue así que el 2 de septiembre de 2020 el presidente le pidió vaya a saber a quién no contar con él para transitar “el camino del desencuentro”, ya que “apostar a la fractura y a la grieta supondría que esas heridas sigan sangrando”. Esta vez no esperó seis días para contradecirse. Faltaba más. Lo hizo al día siguiente cuando se esperanzó con que terminara la pandemia para salir a la calle, ya que “ese día va a haber un banderazo de los argentinos de bien”. Horas antes, un impactante cacerolazo de miles de ciudadanos con el arma de una bandera celeste y blanca exigía ponerle un freno a la búsqueda de impunidad del Frente de Todos, a la salida a mansalva de presos con la excusa del covid y a una cuarentena eterna que estaba provocando el cierre masivo de pymes, negocios y empleos. A poco de asumir, Fernández les había pedido a sus votantes que saliesen a la calle en caso de que faltase a sus promesas para recordárselo.

Los banderazos fueron catalogados en zócalos de c5n de “antipatria”, “anticuarentena”, “asesinos”, “la marcha del odio” o los más primitivos calificativos de “cipayos” o “gorilas”. El propio presidente que venía a cerrar la grieta solía darle rt —respaldo tuitero— en redes sociales a mensajes insultantes, como el calificativo de “gordito lechoso” al periodista Jonatan Viale escrito por un propagandista de noticias falsas financiado por el Estado como Dante López Foresi o algún elogio a la gestión con insulto incluido al periodismo “golpista”.

Extraña forma de amar a todes.

Un Zelig en la pandemia

Alberto Fernandez - olivos - infectologos
Reunión de Alberto Fernández con infectólogos (Presidencia)

“Creemos en el derecho a manifestarse. Es parte de la democracia, como aceptar la diversidad. Estos argentinos y argentinas que se manifestaron ayer no son la gente, no son todos, no son el pueblo, no son la Argentina. La Argentina es mucho más grande y más diversa, y entiende que hay una pandemia y se cuida”. Eso dijo el jefe de Gabinete Santiago Cafiero el 13 de octubre de 2020, luego de un banderazo contra el gobierno de los Fernández. También indicó que los manifestantes estaban “identificados con un partido político que no acepta que perdió las elecciones hace un año”.

El virus era la excusa perfecta para demonizar la protesta social, pero… no toda. Los piquetes y los actos multitudinarios organizados por el gobierno no contagiaban. El colmo de las contradicciones se vivió el 27 de noviembre de 2020 durante el velorio de Diego Armando Maradona, organizado por el mismísimo presidente en Casa Rosada. Bastó con que oliera un pequeño aroma a épica y entusiasmo popular para que el gobierno se olvidara de todos esos meses de cuarentena inflexible, terror al contagio y discursos marciales. Pero ya se sabe: la casta no se contradice, solo está más allá de la razón, por esencia capitalista y neoliberal. En televisión, Fernández aseguró que esperaban recibir a un millón de personas —hubo funcionarios que sostuvieron la mentira de que esa cantidad de personas pasó a despedirse del astro cuando era matemáticamente imposible—. La inoperancia de los “funcionarios que no funcionan”, tal como denunció la Jefa, ofreció un espectáculo dantesco. El presidente tomó un megáfono para calmar a las fieras que querían ingresar a Casa Rosada a llevarse un recuerdo del Diego, mientras barras bravas tomaban el Patio de las Palmeras. Esa jornada se gastó un dineral en catering para la familia, funcionarios y amigos del poder —entre ellos, la barra brava de Boca Juniors—, pero no se invirtió un peso en un sistema de ambulancias por si alguien se descomponía en medio de los empujones. Las vallas volaron por los aires y la culpa de todo se la echaron a Horacio Rodríguez Larreta, que no estaba a cargo del operativo, pues la Casa de Gobierno depende de los granaderos y de la Casa Militar.

Para ese entonces, Alberto Fernández se sacaba fotos sin barbijo con Hugo Moyano, el pequeño Moyano, su esposa y amigos de todo tipo. También se abrazaba con Gildo Insfrán en Formosa o se sacaba selfies con la muchachada, incluso en un velorio. Mientras tanto, con cara de compungido, nos pedía “quedate en casa” y cuando alguien le criticaba sus filminas se enojaba y levantaba el dedito para amenazar. Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago.

Asesorado por una corte de infectólogos y un “gobierno de científicos” —entre los cuales se destacaban Roberto Baradel, los Moyano, Insfrán, Juan Grabois, Emilio Pérsico, el Chino Navarro y Hebe de Bonafini—, Alberto pasó de justificar el cierre eterno de las escuelas denunciando que “los chicos juegan a cambiarse los barbijos” a abrirlas en la provincia de Buenos Aires justo cuando llegaba el invierno y había mayor peligro de contagios. Demasiado científico para ser comprendido por simples mortales. Pero como vino a cerrar la grieta, arrancó habilitando las escuelas de los distritos gobernados por su partido político y dejó para más adelante los municipios gestionados por la oposición.

De la mentira, Fernández suele cruzar al cinismo en un santiamén. Ante Horacio Verbitsky denunció el cierre de límites provinciales, pero defendió a Insfrán. Dijo que era injustificable lo que pasaba en Jujuy, Corrientes y Mendoza, que habían cerrado “las fronteras”: “¿Qué es esa locura? ¿Eso es decirle a la gente ‘me ocupé de ustedes y no dejé que entre un infectado’? Eso no es lo que tiene que hacer un gobernante”. Pero a la vez calló ante la situación de Clorinda, localidad formoseña que se aisló durante un año entero. Tampoco abrió la boca para evocar a los formoseños que esperaron largo tiempo bajo el agua y el frío, en una ruta chaqueña, para regresar a sus casas. La Corte Suprema de Justicia se expidió y obligó a Insfrán a dejarlos ingresar. El secretario de Derechos Humanos de la nación, Horacio Pietragalla Conti, empujado por las críticas opositoras y periodísticas, viajó a Formosa y recorrió los llamados “centros clandestinos” de contagiados por covid. Elogió sus instalaciones y negó violaciones a los derechos humanos. Es hijo de desaparecidos y como tal debe pensar, como Santiago Cafiero, que “a nosotros no nos tienen que venir a decir qué hacer con los derechos humanos”. La casta, una vez más la casta. La sangre y el abolengo como bizarras fuentes de superioridad y conocimiento. Otra funcionaria hija de desaparecidos que levanta las “banderas de los derechos humanos K”, como la titular del inadi Victoria Donda, ofreció un 0800 para que las víctimas del feudal Insfrán llamen y denuncien. Denunciar a un tirano llamando a sus aliados políticos, ¡gran idea! Seguro que mucha gente se va a comunicar…

Sobre Formosa, Fernández insistió en su defensa, ya que “Gildo Insfrán es uno de los mejores políticos. Formosa está gobernaba por alguien que se preocupa por los formoseños y no está tranquilo porque no ha llegado el virus, porque todo lo que me hizo ver hasta aquí es todo lo que se preparó Formosa por si llega a venir el virus”. El gabinete nacional y los medios K colocaron esa provincia como el modelo a seguir en el manejo de la pandemia. No importaba la violencia institucional ni la violación a los derechos humanos. La situación era tan escandalosa que hasta la progresista Michelle Bachelet denunció la situación formoseña ante la Organización de las Naciones Unidas (onu). Desde la dictadura que la Argentina no aparecía en un informe sobre violación a los derechos humanos en la Asamblea General de la onu. ¡Fernández lo hizo!

Finalmente, el 17 de marzo de 2021 el modelo Insfrán se quebró cuando cargaron de golpe 5.630 contagios más. Luego, esa semana se sumaron 10.000 casos más.

El virus estaba, pero lo escondían los burócratas de siempre.

(…)

En febrero de 2021, tras un masivo cacerolazo, el kirchnerismo se horrorizó por la aparición de bolsas “mortuarias” frente a Casa Rosada. El escándalo del vacunatorio vip aún estaba caliente, pero el gobierno eligió victimizarse, como siempre. Dos años antes, Mayra Mendoza se fotografiaba sonriente quemando un muñeco del entonces presidente Mauricio Macri. En marzo de 2018, la caba amanecía empapelada con carteles con el rostro del presidente Macri con una marca en medio de la frente y el lema: “Sea un héroe, mate un chorro”. La misma suerte corría una foto de la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, marcada con sangre y acompañada por la leyenda: “Se busca. Cuerpo sin vida”. Y calculo que el lector no debe haber olvidado aquellas fotos de niños escupiendo carteles con las caras de los periodistas más escuchados del país. Fue el 24 de marzo de 2011, en medio de una marcha para recordar lo sucedido durante la dictadura. Pero claro, por supuesto, unas bolsas de consorcio depositadas frente a la Rosada eran de una violencia intolerable…

Los “soldados del cambio” no tienen bien calibrado el “indignómetro” o, más bien, lo usan como una herramienta para atacar a sus enemigos, nada más. La coherencia y las convicciones son vicios de partido burgués. Es el caso de Cafiero, quien publicó una foto de una anciana intentando levantar una berenjena del piso rodeada de policías en un “feriazo” organizado por la Unión de Trabajadores de la Tierra durante el último año del gobierno de Macri. A pesar de que en los primeros dieciocho meses de Alberto la inflación acumulada superó los 75 puntos, su gobierno se olvidó de los abuelos, las berenjenas y la capacidad de indignarse. El 3 de abril de 2020, un abuelo se desmayó en Villa Crespo tras esperar durante horas para cobrar su jubilación. Los empleados bancarios estaban en sus casas y nuestros padres y abuelas hacían la cola para cobrar 20.000 pesitos para subsistir ese duro abril. Muy nacional y popular.

Un año después, la situación no varió demasiado. En otra marcha contra las políticas económicas y el vacunatorio vip del gobierno nacional, un jubilado fue trompeado por un sindicalista frente a la Quinta de Olivos. Esta vez la indignidad de Cafiero III se elevó hasta la estratósfera y justificó la agresión diciendo: “Ellos —por los sindicalistas— llegaron primeros”. Al jefe de Gabinete de Alberto, la cabeza manchada de sangre de un octogenario no le provocó más que un fuerte respaldar a su agresor…

Pero bueno, debe tener razón Cafiero: imagínense lo que hubiera sido esta pandemia con Macri gobernando. ¡”Una catástrofe”!

Por suerte, lo teníamos a Alberto con toda su Armada Brancaleone de la inutilidad y la corrupción y tuvimos un paraíso con más de siete millones de argentinos que dejaron de ser clase media, un 10% más de pobres, miles de pymes y comercios que bajaron sus persianas para siempre y 112.000 familias que perdieron a un ser querido.

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