“Obrero, coya y marrón”: pasión y vida de Alejandro Vilca, el recolector de basura que está a un paso del Congreso

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Nota de Fero Soriano a Alejandro Vilca
Alejandro Vilca, precandidato a diputado nacional por el Frente de Izquierda en Jujuy, nació en julio de 1976 (Gustavo Gavotti +549 11-5865-9679/)

“¿Te imaginás un obrero coya, de piel marrón, de apellido quechua en el Congreso?”.

Alejandro Vilca mira por la ventana de un bar del barrio de Almagro, un escenario completamente distante al que habita su cotidianidad, el de la tierra seca, la montaña y las casas bajas, los ladrillos de adobe, las sombras heladas y el sol infernal, allá en el barrio Alto Comedero, el más populoso del conurbano de Jujuy.

El recolector de basura y legislador provincial por el Frente de Izquierda mira por la ventana hacia el empedrado porteño, a cuatro kilómetros de la banca de Diputados que podría ser suya en diciembre si repite la elección sorprendente que hizo en las PASO, donde sacó más del 23% de los votos, y aparece en su memoria Luisa Salas, su madre, la pequeña mujer que forjó al hombre fuerte, al trabajador voluntarioso, al padre de dos varones, al hijo de los 90 que se escapaba de la escuela para ir a las marchas contra el neoliberalismo, al empleado municipal que una mañana de 2006 negoció cara a cara con Néstor Kirchner y Aníbal Fernández el fin de la precarización de sus compañeros y lo logró. “Luisa Salas, con S final, se me fue el año pasado por el Covid”, deletrea su emoción Alejandro.

“El porvenir de un hijo es siempre obra de su madre”. La frase es de Napoleón Bonaparte pero podría ser el título de la autobiografía precoz de Vilca, hijo de padre ausente y de madre todopoderosa dedicada casi de manera obsesiva a trabajar para sostener a una familia siempre al borde del abismo.

Luisa crió sola a sus cinco hijos en San Isidro, un barrio pobre al sur de la capital jujeña. Alejandro la recuerda dormida sobre la mesa, con la cena servida, fundida después del día de trabajo. Luisa nunca descansó, no supo hasta ya mayor qué eran las vacaciones. Su hijo lleva esa foto en su pecho, como un tatuaje invisible, marcado a fuego en su alma, en su memoria, en su vocación, en su identidad indígena: su madre recostada sobre el plato de comida todavía humeante que había conseguido a fuerza de limpiar las casas de la gente rica.

Luisa nació en Humahuaca, hija de campesinos originarios de la Quebrada. Al mismo tiempo que aprendió a caminar aprendió pastorear los chivos y las llamas con su madre y con su padre, un jornalero que cada temporada ponía en pausa el trabajo en la tierra para ganarse unos mangos extras en la mina El Aguilar o el ingenio Ledesma.

Alejandro Vilca
Alejandro Vilca creció junto a su mamá Luisa Salas y cinco hermanos en el barrio San Isidro, al sur de la capital San Salvador de Jujuy

A sus ocho años, su madre la “entregó” a la costumbre de la aristocracia jujeña, que “contrataba” niños del norte de la provincia para tareas domésticas. Luisa se fue a vivir a la casa de un médico de la capital. Limpiaba y cuidaba a los hijos de la familia y extrañaba a la suya, al silencio quebradeño, a los colores del cerro. El sueldo lo cobraba su madre. Pero ella tenía comida asegurada. Suficiente para soportar la distancia.

Desde esa edad hasta que, entrado el siglo XXI, consiguió empleo en un hospital como personal de limpieza, Luisa siempre trabajó de empleada doméstica. En el medio de su historia conoció a un albañil de Abra Pampa, un pueblo de la Puna, con quien tuvo los cinco hijos en San Salvador. Pero los crió prácticamente sola. Apenas nació Alejandro el hombre partió para nunca volver.

Fue una infancia difícil para los hermanos Vilca. A la edad en que su madre cuidaba niños ricos, Alejandro junto a Alfredo, Gustavo, Daniel y Walter vendían bollos y empanadas en los barrios San Isidro y Azopardo. Normalmente andaban descalzos. Había menos pares de zapatillas que hermanos. Así que se las prestaban para ir a la escuela. Luisa hacía todo lo posible por un plato de comida. Alejandro miraba a su alrededor y no entendía.

En ese punto de su historia suena el primer ruido de incomprensión; el niño Vilca empezó cuestionarse sobre la desigualdad en el corazón de una sociedad fervientemente creyente como la jujeña. “¿Por qué nosotros vivimos así, por qué existe Dios para los otros chicos y para mí no?”, se preguntaba sin saber que más pronto que tarde llevaría esa preguntaba de lo abstracto a lo concreto, de los altares sincréticos de las calles de tierra del conurbano jujeño a la militancia organizada.

Luisa tenía claro cuál era el camino trazado para el destino de sus hijos: el trabajo y los oficios salvan. Los chicos vivían al límite, en un barrio en el que la distancia al precipicio del sistema era (o es) igual a cero. Por eso los mandó a la Escuela de Minas “Horacio Carrillo”, un industrial originalmente creado para los hijos de los mineros de la zona.

Alejandro Vilca
Alejandro Vilca en sus tiempos de albañil, a principios de los 2000, después de abandonar la carrera de Arquitectura en San Juan

Allí, Alejandro perfeccionó su pasión por el dibujo pero además se formó como carpintero y electricista. Afuera del colegio, las calles de Jujuy se ponían turbias. La protesta social era una marea cada vez más alta. Vilca empezó a combinar sus experiencias y a canalizarlas: en su casa, su madre expresaba el padecimiento de tres trabajos, y en el aula, muchos de sus amigos eran hijos de los que marchaban en las calles.

“En la escuela los días de protesta no nos dejaban salir porque la cosa se ponía picante”, recuerda Alejandro. La prohibición lo atrajo todavía más hacia ese caldo que se cocinaba no sólo en las calles de Jujuy. La cosa se tensaba, pronto retumbaría desde de Cutral-Co y Plaza Huincul hasta Ledesma y Tartagal.

Los 90 lo agarraron adolescente. El neoliberalismo chocó de frente con su historia personal. Como consecuencia pulió en esos años su conciencia social. Lo que él veía en su barrio empezó a observarlo en toda la capital. Pero no era tiempo aún de decodificar ese fuego interior. Sus movimientos todavía eran intuitivos.

Alejandro y su grupo de amigos quedaron impactados por las marchas de los empleados estatales y decidieron que ellos tenían que organizarse también y encolumnarse formalmente en una lucha que, producto de sus vidas, sentían propia. Vilca empezó a convencer a sus compañeros, a organizarlos, guiado por su sensibilidad social, pero suelto, sin identificación con un partido o movimiento. Intentó armar un centro de estudiantes, no recuerda el nombre pero sí el color de las banderas: “Eran rojas y negras”, ríe. “Éramos anarquistas y filosocialistas”.

Vilca todavía no podía definir su ideología pero ya había perfil claro hacia la izquierda anticapitalista. De una manera romántica, lo cautivaban el “Che” Guevara y las letras de Los Violadores, especialmente la de “Viva la Revolución”: “Todos los días es la misma historia / del trabajo a casa una vez más / todas las noches ves las mismas caras / la misma mierda en el mismo canal”.

Nota de Fero Soriano a Alejandro Vilca
“A mí el marxismo me cambió la vida”, le dijo Vilca a Infobae (Gustavo Gavotti +549 11-5865-9679/)

Su corazón latía al ritmo del sentimiento inconformista y antisistema del movimiento punk cuando Vilca tomó la decisión de seguir los pasos de sus hermanos Gustavo y Walter y postularse a una beca para estudiar en la universidad nacional de San Juan, con la ventaja, igual que sus antecesores familiares en el intento, de su buen promedio. “Gustavo fue el primero, él quería estudiar ingeniería y le dieron la beca. Se subió a un camión de verduras y se fue para allá. Lloramos todos cuando lo vimos partir”, pinta la escena con melancolía Alejandro.

Así entró en Arquitectura y allí pasó tres años de su vida. Para bancar su vida mientras estudiaba trabajó en una fábrica de electricidad, pero la plata no le alcanzaba. Y decidió volver. Ese tiempo en lo que él llama con ironía “el exilio” fue determinante para configurar la nueva narrativa de su historia. “A mí el marxismo me cambió la vida”, asegura.

Fue buen estudiante universitario. Metía de a ocho materias cada año. Así todo, decidió abandonar. La pasión se despertó más en los pasillos de la facultad que en el aula. Allí se incorporó al Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) de San Juan y se sumergió en la lectura de Marx, Lenin, Trotsky, otros filósofos alemanes, con la idea de llenar ese vacío ideológico que sentía.

La militancia lo atrapó por encima de la arquitectura. Las dificultades para trabajar, comer y estudiar lo hicieron pensar en regresar a Jujuy. Y sobre todo, la idea de fundar el PTS en su provincia, que no existía. Así que abandonó la carrera y volvió. A poco de llegar fue papá de Juan.

Luisa, claro, se enojó mucho. No entendió la decisión. Alejandro padecía íntimamente la bronca y la incomprensión de su madre, pero siguió la frecuencia de su convicción. “Decidí militar con muchos fundamentos”, asegura. Mientras tanto, juntaba la moneda de diversas formas: mozo, albañil, heladero, operario de una fábrica de plásticos, vendedor de seguros y dibujante para un arquitecto de Jujuy que, al echarlo, sin saberlo, lo hizo dar otro paso para su constitución como líder político y referente de la izquierda trabajadora.

Alejandro Vilca
Alejandro Vilca entró como recolector de residuos en la Municipalidad de San Salvador después de ser castigado por conseguir que pasaran a planta permanente a sus compañeros, en 2006

“Te tengo que despedir pero te puedo conseguir una pasantía en la Municipalidad de San Salvador”, le dijo el arquitecto. Prometió y cumplió. Era principios del año 2000 y Argentina era un incendio. Él se convirtió en uno más de los empleados precarizados del Estado local. Había llegado la hora de pelear desde adentro. Muy pronto fue elegido delegado y con ese impulso armó la Coordinadora Provincial de Trabajadores en Negro, con empleados públicos de diferentes áreas en las mismas condiciones.

Su figura como referente obrero tomó cuerpo y forma. Pasó de los libros a los hechos. Fue una etapa agitada. “Hicimos unas movilizaciones terribles”, recuerda Vilca. “Cuando estaba precarizado andaba callado pero ya era militante hasta que en un momento dije ‘bueno, hay que luchar’. Y organizamos a los compañeros. El intendente nos quería rajar a todos. Pero juntábamos de a miles. Era un movimiento grande”, recuerda.

En 2006, en busca de regularizar la condición de los empleados públicos, la Coordinadora, de la que también formaba parte el célebre “Perro” Santillán, cortó las rutas y la salida del aeropuerto el día que llegaba el entonces presidente Néstor Kirchner. El santacruceño no podía salir, así que apareció Oscar Parrilli para mediar con los piqueteros y armó una reunión en una sala del aeropuerto. Estaban los delegados de cada sector más Kirchner, el gobernador Eduardo Fellner y Aníbal Fernández, por entonces ministro del Interior.

“Néstor nos preguntó qué necesitábamos para armar plantas transitorias y prometió resolverlo”, recuerda Alejandro, que en ese momento tenía 30 años. “Fue un hecho político groso. Fue una charla amable. Ellos querían descomprimir. Se portaron bien, nosotros no confiamos hasta que lo vimos concretado”, cuenta.

La conquista derivó en un castigo para el líder de los precarizados. Las autoridades de Recursos Humanos de la Municipalidad lo cambiaron de destino y lo mandaron a trabajar como recolector de residuos en Alto Comedero. Otra vez la precarización. Otra vez un motivo para agrandar su figura de referente.

Alejandro Vilca
Vilca se postuló por primera vez en 2011, como candidato a gobernador de Jujuy y sacó el 1,93% de los votos, pero en las últimas PASO lo votó para diputado nacional más del 23% del padrón

“No tenía guantes, no tenía ropa, el camión era un camión común. Tirabas la basura a la caja y arriba uno estibaba”, relata. Entonces no pasaron ni dos semanas que Vilca organizó un paro para reclamar que al menos les den ropa acorde. Lo consiguió.

Por una interna con Santillán, Vilca fue expulsado del sindicato de municipales. Pero paralelamente se encumbró como un referente de la izquierda en el norte del país. Ser recolector de basura del barrio más poblado de la provincia le sirvió para expandir su palabra y su poder de convocatoria. Convenció a los tabacaleros, a los colectiveros, a los mineros, a los trabajadores informales y consolidó un núcleo de seguidores.

Ya fundado y consolidado el PTS de Jujuy, se sumó en 2011 al origen del Frente de Izquierda. Ese mismo año participó en las elecciones nacionales. Fue candidato a gobernador y consiguió poco más que el 1,93 % de los votos. Si la película se mira desde 2021 hacia atrás, la curva de crecimiento popular de Vilca es vertiginosa.

En 2015 se postuló para diputado provincial. Sumó el 7,06% y quedó muy cerca. Tanto que dos años más tarde creció otros 10 puntos y finalmente fue elegido para ocupar una de las cuatro bancas que ganó el FIT en una elección histórica.

Ahí fue cuando Alejandro sintió que se cerró un círculo para abrir uno más expansivo. “Después de conseguir esa banca una noche comíamos un guiso con mi vieja y ella me agarró de la mano y me dijo ‘che, disculpá, nunca entendí por qué habías dejado todo para dedicarte a la política y ahora veo que valió la pena’. Eso me emocionó”.

Alejandro Vilca
Alejandro Vilca, en el centro, bajo el vientre de su madre Luisa, junto a sus cuatro hermanos

Para ese entonces Vilca había dejado de ser un personaje anónimo en Jujuy. Los viajes en colectivo ya no eran lo mismo para él. La gente empezó a detenerlo en la calle para contarle sus problemas o bancarlo. Alejandro tomó conciencia de que algo pasaba el día que recibió un mail de su ídolo de la adolescencia. Pil Trafa, el líder de Los Violadores, le escribió, enterado de su gesta jujeña, con ganas de verlo. Y viajó al norte. “Y tocó la guitarra en casa cuando le conté que yo corría atrás del camión de basura con sus canciones”, dice incrédulo.

Vilca es un apellido muy común en el norte andino. Significa, en aymara, “sagrado”. Alejandro pertenece al 90% indígena que habita Jujuy. Siempre supo del contraste. “Cuando te metés en política lo ves clarito. Che, la mierda, todos son blancos y yo soy el único morocho. O los nombres, no hay nombres de acá en la política: son Morales, son Fellner, son Snopek”, ironiza.

El candidato de la Izquierda admite que se siente subestimado por “los blancos” de Jujuy. “Te tratan como si fueras el albañil de su casa, pero nos preparamos y pudimos elevar el nivel político para difundir de boca en boca, eso les molesta porque hay un desprecio a la clase trabajadora, te creen peligroso cuando pensás. Nuestro rol es tratar de abrirle los ojos a los compañeros trabajadores porque acá hay sumisión de clase, racial, sos coya, sos negro. Y a través de las candidaturas obreras damos un mensaje a los compañeros de que todos pueden participar”, explica Vilca, que ve en Evo Morales un referente para generar “entusiasmo”, aunque a diferencia de lo ocurrido en Bolivia, no ve que haya movimientos indigenistas en Jujuy que puedan asumir el poder.

Alejandro Vilca
Alejandro Vilca y su mamá, Luisa Salas, que falleció por COVID en 2020

En las últimas PASO Vilca fue la revelación nacional por izquierda. Si bien históricamente los votos del FIT bajan en las elecciones generales, de conseguir el mismo resultado que en las Primarias, el recolector de basura podría sumarse al bloque de Diputados del FIT, que también peleará por dos lugares en Provincia de Buenos Aires y uno por CABA. Diciembre puede ser el mes en el que se convierta en legislador nacional o el que vuelva a recolectar basura, donde goza de una licencia. “No tengo ningún drama en volver y seguir la lucha”, sonríe.

Vilca cree que en las PASO expresó la necesidad de un enorme colectivo de trabajadores que no se siente identificado con los partidos históricos de su provincia, a los que considera “socios” para mantener el statu quo. Alejandro busca romper eso con el martillo de la conciencia de clase.

Sabe que del otro lado está el “aparato”. Sabe que para cerrar el círculo queda mucho por recorrer. Sabe que su objetivo es de largo plazo, y va contra una cultura. Nada lo dibuja mejor que una escena que, hace apenas un par de años, compartió con el senador radical Mario Fiad y que, de manera indirecta, protagonizó su mamá Luisa.

“Yo venía de otros debates en los que siempre me trataban con desprecio. Y uno se acostumbra. Una vez me tocaba ir a debatir con Fiad y mi vieja me llama y me dice ‘cuando lo veas mandale un saludo’. Le pregunté por qué. Y me contó que cuando era chica ella trabajaba en su casa, lo atendía a él cuando era chiquito. Y me lo cruzo y le digo. “¿Quién era tu mamá?”, me preguntó. Era tu mucama, le conté. El tipo se quedó frío”, sonríe, sin asomo de ironía o rencor, más bien con orgullo.

“Yo me siento bien en la pertenencia del trotskismo, porque es un partido de clase. Generalmente a la izquierda se le dice que es una militancia universitaria, pero en Jujuy nosotros la hicimos real”, sostiene. Y todo vuelve a empezar: “¿Te imaginás un obrero coya, de piel marrón, de apellido quechua en el Congreso?”.

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