El estigma del cuarteto

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Una prueba piloto que pareció ficción frente a la realidad de la noche cordobesa. Mientras en la Plaza de la Música se hacía el primer baile con burbujas sociales, en la misma ciudad se hacían eventos como si no siguiéramos en pandemia.

Este sábado, todos los ojos del espectáculo estuvieron puestos en la Plaza de la Música. Allí se realizó la primera experiencia de baile con formato burbuja, que la Municipalidad de Córdoba calificó de “exitosa”.

Fuertes controles en el ingreso, un aforo reducido a 750 personas en un espacio inmenso acostumbrado a recibir de a miles, movimiento limitado para la prensa que cubría y numeroso personal encargado de que todo salga bien y que no se desarmen las burbujas. Dentro del perímetro, y mientras no se esté consumiendo, había que tener el barbijo puesto y las barras móviles pasaban burbuja por burbuja para que nadie circule por los pasillos salvo para ir al baño.

Sin embargo, mientras el mundo del cuarteto esperaba con ansias que todo salga bien para que se extienda la habilitación a todos los grupos, la noche cordobesa “no cuartetera” mostraba otra realidad.

En un reconocido espacio rockero de la Cañada, se realizaba un evento del que los mismos organizadores publicaron videos en sus redes oficiales y después borraron con una banda de rock pesado de La Plata tocando en vivo. Allí no había corralitos, nadie usaba barbijo y todos se levantaron de las sillas para hacer pogo amontonados frente al escenario.

Más lejos del centro, en un boliche de la zona del Estadio Kempes, una imagen de la normalidad de dos años atrás: todos parados bailando cachengue sin ningún tipo de distancia social.

La misma situación se viene repitiendo en numerosos boliches de Nueva Córdoba, donde lo único que se respeta de las medidas sanitarias es el horario y se baila desde hace varias semanas como si ya no estuviéramos en pandemia.

Y ni hablar de las fiestas clandestinas “after cena show”, que esperan el cierre de los bares y espectáculos habilitados para que llegue el grueso de gente en busca de seguir la gira por varias horas más.

Esto generó mucha bronca por parte de los empresarios, artistas y gente que vive del cuarteto, donde desde el regreso de los shows allá por noviembre, se instaló en la sociedad una especie de ojo acusador en busca del escrache al cuartetero y se difundieron decenas de videos sobre incumplimiento de protocolos, algunos más graves que otros.

¿Por qué unos sí y otros no?

Sin entrar en la discusión de si a esta altura de la pandemia deberíamos abrir todo o seguir cuidándonos de manera estricta, lo que no se entiende es por qué a un sector, vinculado con el consumo popular, se le exige todo y se le pone el ojo y la policía encima, en otros se hace la vista gorda y se dejan pasar con impunidad la falta de cuidados.

Hay que decirlo: el cuarteto no siempre cumplió los protocolos y esto quedó demostrado varias veces en este medio. Pero también es verdad que sigue pesando sobre el género un velo de discriminación que juzga al cuartetero con otros ojos.

Streamings, shows virtuales, cenas show, formato teatro, aforo reducido, el baile de la silla, horarios súper temprano. En los últimos 17 meses, los que amamos y disfrutamos del cuarteto nos tuvimos que adaptar a unas formas rarísimas para seguir viviendo en carne propia eso que nos hace sentir un poquito más cordobeses: bailar al ritmo del tunga tunga.

Cuando se extienda la autorización de las burbujas sociales al resto de las orquestas, (algo que pasaría esta semana) la frase “vamos al baile” volverá a cobrar sentido para los bailarines de cuarteto.

Esperemos que haya coherencia a la hora de aplicar las normas de “la nueva realidad”, para que esta prueba piloto que se hizo en el show de Ulises Bueno no parezca una ficción y el camino hacia la normalidad post pandemia sea en las mismas condiciones para todos.

(Fuente: El doce TV)